La herencia del crimen: cómo los nazis que huyeron a Argentina dejaron una deuda que todavía no termina de saldarse
Por Alejandro Di Russo | Mayo 2026
En San Fernando, provincia de Buenos Aires, hay una calle que se llama Garibaldi. En los años cincuenta, un hombre llamado Ricardo Klement bajaba todos los días del colectivo 203 a las siete y cuarenta de la tarde, sacaba una linterna de bolsillo porque la calle era de tierra y no tenía luz eléctrica, y caminaba hasta su casa sin hablar con nadie. Los vecinos lo saludaban. Le decían «don Ricardo». Era educado, discreto, un tipo normal que vivía en una casa normal en un barrio normal del conurbano norte. Nadie sabía quién era. Nadie preguntaba. En la Argentina de los cincuenta, no preguntar era una forma de convivir.
El verdadero nombre de Ricardo Klement era Adolf Eichmann. Fue el hombre que diseñó la logística del Holocausto: los trenes, las listas, los horarios, las rutas que llevaron a millones de personas a las cámaras de gas. Y durante diez años vivió entre nosotros, tomó mate, pagó impuestos y trabajó como gerente en Mercedes Benz Argentina, a pocas cuadras de donde hoy funciona un supermercado.
Esa imagen — la del arquitecto del exterminio bajando de un colectivo en el conurbano — me persiguió durante años. Y cuando dejó de perseguirme, se convirtió en novela. En El Séptimo Huésped: La herencia del crimen. Pero antes de hablar de la ficción, tengo que hablar de la realidad. Porque la realidad, en este caso, supera cualquier cosa que un escritor de suspenso psicológico pueda inventar.
Cómo llegaron los nazis a Argentina: las rutas de las ratas
Al final de la Segunda Guerra Mundial, miles de criminales de guerra necesitaban desaparecer. La pregunta no era si iban a huir — era por dónde. La respuesta fueron las ratlines: las «rutas de las ratas», una red de caminos clandestinos que conectaban Europa con Sudamérica pasando por el Vaticano, España, Portugal y los puertos del Mediterráneo.
La ruta del Vaticano
La ruta principal pasaba por Roma y Génova. El obispo austríaco Alois Hudal, rector de la iglesia de Santa María dell’Anima en Roma, fue una pieza clave: proporcionó documentos falsos, alojamiento y pasajes a decenas de criminales de guerra que llegaban a Italia huyendo de los tribunales aliados. Franz Stangl, excomandante del campo de exterminio de Treblinka, le contó a la periodista Gitta Sereny, tras su captura, que Hudal no solo le entregó papeles falsos sino que le consiguió alojamiento en Roma mientras esperaba sus documentos. Otro clérigo involucrado fue el sacerdote croata Krunoslav Draganović, que operaba desde el Colegio de San Girolamo en Roma.
La Cruz Roja Internacional, sin saberlo o sin querer verlo, facilitó el proceso: emitía pasaportes de viaje para «refugiados» que presentaban identidades falsas avaladas por estos clérigos. El pasaporte de la Cruz Roja número 100.501, emitido a nombre de Helmut Gregor, fue el que usó Josef Mengele para llegar a Buenos Aires en 1949.
Se estima que alrededor de 9.000 militares y colaboradores del Tercer Reich huyeron a Sudamérica usando estas rutas. De ellos, unos 5.000 se quedaron en Argentina — el país que Simon Wiesenthal, el cazador de nazis más famoso del siglo XX, llamaba el «Cabo de Última Esperanza».
La red de Perón y Rodolfo Freude
Argentina no fue un destino casual. Fue un destino planificado. Según el periodista e historiador Uki Goñi, autor de La auténtica Odessa (2002), ya desde 1943 existía un acuerdo secreto entre las SS y el servicio secreto de la marina argentina, por el cual Argentina proporcionaba documentación falsa a agentes de las SS a cambio de información de inteligencia.
Cuando Juan Domingo Perón llegó al poder en 1946, la red se formalizó. Perón nombró al antisemita Santiago Peralta como comisionado de inmigración y a Rodolfo Freude — hijo del influyente empresario alemán Ludwig Freude, vinculado al espionaje nazi en Argentina — como jefe de la División Informaciones de la Casa Rosada. Freude coordinó, junto a Carlos Fuldner (exoficial de las SS que operaba desde Italia con pasaporte argentino), la red que trajo a los criminales de guerra.
Un detalle escalofriante que documentó Goñi: los expedientes de inmigración de Mengele y de Priebke en Argentina tenían números consecutivos. Fueron abiertos por la misma persona, al mismo tiempo, como si fueran dos trámites más en la ventanilla de un banco. La banalidad del mal, aplicada a la burocracia migratoria.
Eichmann en San Fernando: el arquitecto del Holocausto que tomaba el colectivo 203
Eichmann llegó a Argentina alrededor de 1950 a bordo del vapor «Giovanni C», con documentos falsos a nombre de Ricardo Klement. Pasó por un hotel de inmigrantes, vivió un tiempo en Tucumán, y finalmente se instaló en la zona norte del conurbano bonaerense: San Fernando.
La captura es una historia de película — literalmente, se filmó varias veces. Un comando del Mossad israelí, liderado por Isser Harel, vigiló su rutina durante semanas. Eichmann bajaba del colectivo 203 todas las tardes a la misma hora, en la misma parada. El 11 de mayo de 1960, dos agentes lo interceptaron a metros de su casa. Lo sacaron del país disfrazado de tripulante en un avión de El Al que había llegado para los festejos del sesquicentenario de la Revolución de Mayo — la celebración de la independencia argentina sirvió de cobertura para sacar al hombre que organizó el transporte de millones de personas a la muerte.
Fue juzgado en Jerusalén en el primer juicio televisado de la historia. Condenado a muerte. Ahorcado el 1 de junio de 1962.
La casa de la calle Garibaldi fue demolida en abril de 2001. Pero la pregunta que dejó esa casa — ¿cómo puede un monstruo vivir entre nosotros sin que nadie lo vea, o sin que nadie quiera verlo? — sigue en pie. Es la misma pregunta que me hice cuando empecé a escribir El Séptimo Huésped. Y es la misma pregunta que Rodolfo, el protagonista de la novela, se hace cuando llega a un barrio donde nadie quiere decir un nombre.
Priebke, el «buen vecino» de Bariloche
Si Eichmann representa la impunidad que se esconde, Erich Priebke representa algo peor: la impunidad que se exhibe.
Priebke fue capitán de las SS y responsable directo de la masacre de las Fosas Ardeatinas: el 24 de marzo de 1944, por orden de Hitler en represalia por un ataque partisano, 335 civiles italianos fueron fusilados en las catacumbas de Roma. Priebke supervisó la ejecución personalmente. Tachaba los nombres de la lista a medida que los iban matando.
Llegó a Bariloche entre 1948 y 1951, con ayuda de la ruta de Hudal. Y ahí vivió 46 años. Con su nombre real. Sin esconderse. Tuvo una fiambrería que se llamaba Viena. Presidió la Asociación Cultural Germano-Argentina, de la que dependía el Instituto Primo Capraro. Cada 20 de abril — cumpleaños de Hitler — lo celebraba con sus amigos del Deutsche Klub.
Cuarenta y seis años. Casi medio siglo. En una ciudad turística, a la vista de todos, con el silencio cómplice de una comunidad que prefería no saber — o que sabía y había decidido que no le importaba.
Su pasado fue denunciado por primera vez por el investigador Esteban Buch en su libro El pintor de la Suiza argentina (1991), y expuesto mundialmente cuando el periodista estadounidense Sam Donaldson, de ABC News, lo abordó con una cámara en la calle en 1994 y le preguntó por las Fosas Ardeatinas. Priebke se delató solo: dijo que había «tachado nombres de la lista» pero que era una orden y que no pudo negarse.
Fue detenido el 9 de mayo de 1994. Extraditado a Italia en noviembre de 1995. Condenado a cadena perpetua en 1998. Murió en arresto domiciliario en Roma el 11 de octubre de 2013, a los cien años. Ningún país quiso recibir su cuerpo.
Mengele: el Ángel de la Muerte en Vicente López
Josef Mengele, el médico de Auschwitz que hacía experimentos con gemelos, con niños, con seres humanos a los que trataba como material de laboratorio, llegó al puerto de Buenos Aires el 20 de junio de 1949 a bordo del vapor «North King», procedente de Génova. Pasaporte de la Cruz Roja Internacional a nombre de Helmut Gregor.
Vivió en Florida y en Vicente López, en pleno conurbano norte de Buenos Aires. Ejerció medicina sin licencia. Fue copropietario de una carpintería y de una empresa farmacéutica llamada Fadro Farm. En 1956 recuperó su nombre real con una cédula de identidad argentina, número 3.940.484. Lo hizo legalmente. Sin que nadie lo detuviera.
Huyó a Paraguay en 1959, cuando supo que el Mossad estaba operando en Argentina tras la captura de Eichmann. De Paraguay pasó a Brasil, donde vivió bajo identidades falsas hasta el 7 de febrero de 1979, cuando murió ahogado mientras se bañaba en la playa de Bertioga, São Paulo. Sus restos fueron identificados por un equipo forense en 1985 y confirmados por ADN en 1992.
El hombre que decidió quién vivía y quién moría en Auschwitz murió de un infarto en una playa brasileña. Sin juicio. Sin condena. Sin justicia.
El oro nazi, los submarinos y las leyendas que no se apagan
En julio y agosto de 1945, dos submarinos alemanes se rindieron en el puerto de Mar del Plata: el U-530 (comandado por Otto Wermuth, el 10 de julio) y el U-977 (capitán Heinz Schäffer, el 17 de agosto). La rendición del U-530 fue particularmente sospechosa: la tripulación había destruido toda la documentación a bordo antes de entregarse. ¿Qué transportaban? ¿Hicieron escalas clandestinas antes de llegar a Mar del Plata? ¿Desembarcaron personas, documentos, oro?
Las preguntas nunca se respondieron satisfactoriamente. Y a partir de ahí, las leyendas crecieron como la vegetación que cubre las ruinas: tesoros enterrados en la selva misionera, lingotes escondidos en estancias patagónicas, submarinos hundidos frente a las costas de Necochea con cargamentos de oro. ¿Mito o realidad? Probablemente las dos cosas: un núcleo de verdad enterrado debajo de capas de especulación que medio siglo de silencio convirtió en leyenda.
Lo que sí está documentado es que el Centro Simón Wiesenthal sigue investigando depósitos de oro nazi en cuentas bancarias vinculadas al Credit Suisse. El dinero robado no desaparece. Se mueve. Cambia de nombre. Se esconde. Pero no desaparece.
En mi novela, ese oro es el hilo que conecta una muerte en un hotel de Misiones con un secreto que lleva medio siglo enterrado en la selva. No voy a decir más porque sería arruinarle la lectura a quien todavía no la empezó. Pero sí digo esto: todo lo que escribí sobre el tesoro en El Séptimo Huésped tiene base en lo que investigué durante años. La ficción amplifica. La realidad provee.
ODESSA: ¿red mundial o mito útil?
Tengo que ser honesto con esto porque me importa la credibilidad de lo que escribo, tanto en el blog como en mis novelas. ODESSA — la supuesta Organización de Antiguos Miembros de las SS — fue popularizada por Frederick Forsyth en su novela El expediente Odessa (1972) y por Simon Wiesenthal, que la describió como una red mundial fundada para ayudar a las SS a escapar de la justicia.
El consenso histórico actual es más matizado. Daniel Stahl, de la Universidad Friedrich Schiller de Jena, explicó que la llamada «ruta de las ratas» no fue un plan estructurado sino que consistió en muchos componentes individuales. Bill Niven, de la Nottingham Trent University, fue más contundente: sostuvo que no hay evidencia convincente de que tal organización existiera como entidad centralizada. Historiadores como Gitta Sereny, Guy Walters y el propio Uki Goñi coinciden: no hubo una organización única. Hubo múltiples redes informales, dispersas, superpuestas, a veces competitivas entre sí.
El propio Priebke, poco antes de morir, dijo que «Odessa es un mito». Y probablemente tenía razón — lo cual no lo hace menos culpable de nada.
Para un escritor de thrillers con características de suspenso psicológico, esta distinción es importante: la realidad no necesita una conspiración centralizada para ser aterradora. Basta con miles de personas haciendo individualmente la vista gorda. Basta con un país entero eligiendo no preguntar. Eso es más oscuro que cualquier organización secreta. Y eso es lo que exploré en la novela.
Los archivos desclasificados en 2025: qué revelan y qué falta
El 28 de abril de 2025, el Archivo General de la Nación, por decisión del gobierno de Javier Milei, publicó online alrededor de 1.850 piezas documentales organizadas en siete expedientes sobre actividades nazis en Argentina, junto con más de 1.300 decretos presidenciales que habían sido secretos y reservados entre 1957 y 2005.
Es importante aclarar que estos documentos ya habían sido desclasificados formalmente en 1992 por un decreto de Carlos Menem. Lo que cambió en 2025 no fue la desclasificación sino el acceso: antes había que ir personalmente a una sala del Archivo General de la Nación a consultarlos. Ahora están online, disponibles para cualquiera con conexión a internet.
El legajo más destacado es el de Mengele — casi 400 páginas, expediente 7-3772 —, que documenta su entrada al país, sus movimientos, y la lentitud deliberada con la que las autoridades argentinas «investigaron» su paradero cuando ya sabían perfectamente dónde estaba.
¿Qué revelan estos archivos? Que el Estado argentino no solo toleró la presencia de criminales de guerra: la administró. Con expedientes, con sellos, con números consecutivos. Con la misma burocracia que usa para cualquier otro trámite. Esa es la herencia del crimen: no la excepcionalidad del mal, sino su normalización.
De la historia a la ficción: donde el suspenso se encuentra con la verdad
Llevo veinte años escribiendo novelas de crimen y suspenso. Estudié a Agatha Christie, a Mary Higgins Clark, a Gillian Flynn, a Hitchcock, a Patricia Highsmith. Aprendí que el mejor suspenso no viene de lo que mostrás sino de lo que escondés. De la información que el lector tiene y el personaje no. De la bomba debajo de la mesa.
Pero cuando investigué la historia de los nazis en Argentina — los nombres reales, las direcciones reales, las fechas reales —, entendí que la realidad ya tenía la estructura de un thriller. No hacía falta inventar la bomba. La bomba estaba ahí. Llevaba medio siglo debajo de la mesa. Lo único que hacía falta era un personaje que la encontrara.
Ese personaje es Rodolfo, el protagonista de El Séptimo Huésped: La herencia del crimen. Un periodista argentino que llega a un hotel aislado en la selva misionera para escribir una nota de turismo. Cuando uno de los huéspedes aparece muerto en la pileta, todos dicen que fue muerte natural. Todos mienten. Y lo que Rodolfo descubre tirando del hilo no es solo quién mató a ese hombre — es qué tiene que ver ese crimen con un tesoro enterrado hace medio siglo, con su propia familia, y con un recuerdo de infancia que creyó haber soñado y que resulta que no era un sueño.
Si te gustan las historias donde el pasado nunca está enterrado del todo, este libro es para vos.
Preguntas frecuentes
¿Cómo llegaron los nazis a Argentina? A través de las «ratlines» o rutas de las ratas: caminos clandestinos que pasaban por el Vaticano, España y los puertos italianos de Roma y Génova, con documentación falsa proporcionada por clérigos como el obispo Alois Hudal y la Cruz Roja Internacional. En Argentina, la red de Perón y Rodolfo Freude coordinó su recepción con documentos argentinos falsos.
¿Cuántos nazis vivieron en Argentina? Se estima que alrededor de 5.000 militares y colaboradores del Tercer Reich se establecieron en Argentina tras la Segunda Guerra Mundial, de un total de aproximadamente 9.000 que huyeron a Sudamérica. Los más notorios fueron Adolf Eichmann (San Fernando), Erich Priebke (Bariloche) y Josef Mengele (Vicente López).
¿Qué dicen los archivos nazis desclasificados en 2025? En abril de 2025, el Archivo General de la Nación publicó online unas 1.850 piezas documentales sobre actividades nazis en Argentina, incluyendo el legajo completo de Mengele (casi 400 páginas). Los documentos revelan que el Estado argentino administró burocráticamente la presencia de criminales de guerra con expedientes, sellos y trámites formales.
¿Qué fue la ruta de escape nazi o ratline? Fueron rutas clandestinas usadas por nazis y colaboradores del Tercer Reich para huir de Europa tras 1945. La principal pasaba por Italia (Roma y Génova) hacia puertos sudamericanos, especialmente Buenos Aires. Fueron facilitadas por clérigos católicos, servicios de inteligencia y la complicidad de gobiernos receptores.
¿Existió realmente la organización ODESSA? El consenso histórico actual es que ODESSA como organización centralizada probablemente no existió. Lo que sí existieron fueron múltiples redes informales y dispersas que ayudaron a los nazis a escapar. Historiadores como Uki Goñi, Gitta Sereny y Guy Walters coinciden en que no hubo una estructura única sino una suma de complicidades individuales.
Si este tema te interesó, te invito a leer mi novela El Séptimo Huésped: La herencia del crimen, donde la ficción y la historia se cruzan en un thriller psicológico que no te va a dejar dormir. También podés leer mi artículo sobre las características del suspenso para entender cómo se construye la tensión narrativa en este tipo de historias.
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Alejandro Di Russo Buenos Aires, mayo de 2026

