Algunos crímenes no tienen culpables. Solo víctimas que esperaron demasiado.
Primer error: volver. Segundo error: abrir esa puerta.
Entre la ciencia y lo sobrenatural, entre Madrid y Buenos Aires, entre el amor y la venganza. Un crimen imposible. Un pasado que no se entierra. Y un gato que aparece donde no debería estar.
Porque el pasado no se entierra. Se pudre. Y cuando se pudre, apesta.

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Calles que conocés. Bares que existen. El conurbano real, no la postal turística. Donde la gente vive, muere, y a veces vuelve.
Una médium que no es chanta. Un gato que sabe más de lo que debería. Muertos que no se callan. Y un tipo tratando de resolver todo con lógica.
Volver fue un error. Abrir esa puerta fue un error más grande.
La casa de mis viejos llevaba cinco años vacía. Cinco años de polvo, humedad, y ese olor a encierro que te dice que nadie vivió acá en mucho tiempo. Vine desde Madrid para venderla. Tres días, calculaba. Firmar papeles, hablar con la inmobiliaria, y volverme.
Pero en la habitación del fondo había un cadáver.
Y en la ventana, mirándome con esos ojos amarillos que brillan en la oscuridad, había un gato negro que no debería estar ahí.